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domingo, 4 de junio de 2017

Comentario: El Juramento de los Horacios (1784), de David.

Comentario: El Juramento de los Horacios (1784), de David.

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El Juramento de los Horacios (1784), un óleo sobre tela (330 x 425) de la colección del Louvre de París, es una obra maestra del estilo neoclásico. Jacques-Louis David (1748-1825) realiza una pintura de gran formato, apropiado para un tema épico tomado de la historia de la antigua Roma.

El tema.
El tema surge de un hecho histórico ocurrido en 669 aC y contado por Tito Livio en su libro Ab Urbe condita libri, y adaptado para una barroca adaptación teatral en el Horacio (1640) de Pierre Corneille.
Los tres hermanos Horacios, en el lado izquierdo del cuadro, juran ante su padre, en el centro, defender la ciudad de Roma en un combate crucial contra tres hermanos de la vecina ciudad enemiga, Alba Longa. Ambas ciudades, hermandadas por la vecindad y el comercio, pero de intereses contrapuestos, han decidido no combatir con sus ejércitos sino escogiendo cada una tres hermanos campeones que decidirán la suerte de la guerra en un duelo decisivo. A la derecha, las tres mujeres y dos niños de la familia lloran por el peligro que corren los tres jóvenes, y dos de ellas más tristemente porque una, Sabina, vestida de toga marrón, es una hermana de los Curiacios casada con un Horacio, y otra, Camila, ataviada con una toga blanca, está prometida con otro Curiacio. La otra mujer es una aya, que cuida del hijo y la hija de Sabina.
La escena no sugiere el resultado final: iniciado el combate, dos Horacios mueren, y el tercero arroja su escudo y corre ligero, perseguido por los Curiacios totalmente armados hasta que estos se agotan y separan. Entonces el superviviente, más descansado, se enfrenta a cada uno en combate individual y los vence.
Regresa como vencedor pero en su casa encuentra a su hermana Camila gimiendo por la muerte de sus hermanos y a la vez reprochándole haber matado a su amado Curiacio. Enfurecido, el hermano la mata. La ley de Roma es implacable: los fratricidas deben morir. El padre implora clemencia: ha entregado todos sus varones a la causa de la ciudad y ahora toda su estirpe perecerá. Conmovido, el Senado perdona la vida al último hijo.

Análisis.
Los referentes artísticos son evidentes: la estatuaria y la cerámica de la Antigüedad de Grecia y Roma.

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El escenario, de escasa profundidad y enmarcado por una clásica arcada de columnas toscanas y tres arcos de medio punto y un pavimento de geométrica regularidad, ayuda a concentrar nuestra atención en la escena del primer plano. Enhiesto en el centro, el padre, de rostro severo, afronta un destino que imagina aciago: morirán sus hijos o sus yernos. Sostiene las tres espadas que bendice a punto de entregarlas a sus tres hijos, creando una composición equilibrada entre los grupos a izquierda y derecha, incluso balanceados en masas y colores, con triángulos que refuerzan la sensación de estabilidad y serenidad pese al dramatismo implícito en el tema. Los hijos se yerguen en una composición corporal de rígidos triángulos engarzados en una sólida unidad, con una sutil perspectiva diagonal y aérea que enfatiza  su común propósito, su juramento con los brazos extendidos y la palma abajo, enfocado al perfecto punto de fuga, la mano del padre sosteniendo las espadas.

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El grupo secundario de mujeres y niños a la derecha está en un nivel inferior. Las dos mujeres de la derecha, de cuerpos curvilíneos en oposición a los rectilíneos de sus hermanos, tienen los ojos cerrados y adoptan poses entregadas a su destino fatal, asumiendo un papel pasivo en vida ciudadana, tal como la filosofía ilustrada les concedía: sus valores son individuales o familiares, no cívicos. 


Incluso la pequeña hija cierra los ojos, mientras el pequeño infante los abre encarando el destino. Aunque pronto Olimpia de Gouges y otras feministas avanzadas reivindicarán un papel para ellas más activo en la revolución, incluso al precio de sus vidas.

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El cuidado trabajo de reproducción del vestuario y calzado, y el minucioso estudio anatómico, patente en la carnal musculatura, satisface igualmente la pasión neoclásica por la ciencia y el ejemplo del realismo idealizado del clasicismo antiguo y del Renacimiento. El colorido es suave ya relativamente variado, de notable calidad pues David era un consumado colorista aunque su predilección era el dibujo, como se advierte aquí en el esmero de las líneas.

Contexto.

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Vista de la sala central del Salon de 1785, con el cuadro de David colgado en el centro en la parte superior.

El cuadro fue encargado por el rey Luis XVI para que sirviera como un alegato de lealtad al Estado, sin advertir que en realidad socavaba las bases ideológicas del absolutismo. Se expuso en el Salón de 1785, con un inmediato y sonado éxito, causando asombro por la novedad de su tema y tratamiento, rompiendo con el gusto rococó de Boucher o Fragonard predominante hasta entonces, de acuerdo al gusto de la aristocracia.
El nuevo público burgués se sintió representado por el neoclasicismo, que realzaba los valores de la Antigüedad grecorromana: el valor individual unido al esfuerzo colectivo en bien de la comunidad, la ciudad-Estado, como demandaba el filósofo y crítico de arte Diderot, y encajaba en el pensamiento de otros ilustrados como Voltaire o Rousseau. El pensamiento racional iluminaría las tinieblas en las que vivía la tradición, sustituyendo el mito por la razón, la opresión por la justicia, y la desigualdad estamental por la igualdad basada en el mérito (y la riqueza). Pronto, en 1789 llegó la Revolución Francesa para barrer el Antiguo Régimen e iniciar el mundo contemporáneo. El mensaje de sacrificio del Juramento de los Horacios sería un ejemplo para los artistas posteriores, como mostrará el propio David, un revolucionario que llegará a votar a favor de la ejecución del rey, en otra de sus obras maestras, la Muerte de Marat (1793).

FUENTES.
Internet.

David, Oath of the Horatii. Comentario en inglés por Beth Harris y Steven Zucker. 6 minutos.

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